Game of Thrones… el primero y último viaje

Game of Thrones… el primero y último viaje

Ha sido suficientemente señalado el hecho de que Game of Thrones se convirtió en el fenómeno televisivo más popular de todos los tiempos, en sus dos diferentes dimensiones: Como producto fílmico y como producto cultural, y creemos que eso se ha debido principalmente (no exclusivamente) a una extraordinaria política de mercadeo adelantada por la cadena HBO, que supo aprovechar (no podía ser de otra manera viniendo de un medio tan exitoso) y combinar, variados elementos de diferente formato y discursos, que fueron aportándose beneficios mutuamente, un “pastiche” (coherente como pocos) muy propio de los tiempos que corren y que tiene su más fértil terreno de juego y expansión en la industria cultural. Cuando hablamos de “producto fílmico” no referimos a lo puramente producción cinematográfica: Guión, dirección, actores-actuación, edición, montaje, banda sonora, vestuario, locaciones, en todo lo cual Game of Thrones fue particularmente cuidada, y en lo que como se sabe, no se escatimó esfuerzos y costos (sobre todo en la medida en que iba “asentando” la Serie); cómo se percibió eso por parte de los seguidores de la Serie es otro cantar, particularmente en lo referido al desarrollo de la trama en su parte final, que desencantó a un importante número de seguidores. Cuando hablamos de “producto cultural” nos referimos a todo lo que está más allá de la pantalla (la pequeña del televisor que se convirtió en “la gran pantalla” gracias a esta Serie), un universo amplio y a veces laberíntico e impreciso, pero muy diverso, sin ninguna duda.

En las primeras de cambio eso que aquí hemos llamado “producto cultural” nos atrae menos, básicamente porque está menos a nuestro alcance. A pesar de tener poco o ningún control sobre él, probablemente por eso mismo nos afecta más que cualquier otro elemento relacionado con la Serie, es decir, estamos más desprotegidos ante la presencia del gigantesco intercambio colectivo que de él y por él se genera, somos más propensos a los embates, “opiniones” llaman por ahí, que la desconsiderada y por momentos irresponsable libertad del anonimato propicia. Como producto cultural el lugar en el que se explaya la Serie es las redes sociales, el enramado de las múltiples “autopistas”, un elemento que ha permeado a Game of Thrones como a ningún otro producto hasta la fecha, y de lo que la Serie (su canal, HBO, más propiamente) se ha aprovechado a consciencia, lo cual para nada criticamos. Una gigantesca cantidad de grupos de fans, con diferentes identidades pero poca diferenciación entre sí, se ha generado por todo el mundo; nos etiquetamos de diferentes maneras pero tenemos un solo nombre: Game of Thrones (o como sea en cada idioma). Cientos de miles de fanáticos diseminados por doquier, necesitados de mostrarse (mientras más extremistas y desparpajados mejor) en una tónica ególatra y hedonista, casi masturbatoria, absolutamente propia de los tiempos que corren. Qué sucede con esto: Se habla una y otra, y otra, y otra vez sobre el mismo tema y se va acrecentando la pequeña primero y luego agigantada bola de nieve, muchas veces con escasas, muchas otras con sobradas razones. Es decir, una mitología moderna generándose a diario y que toma elementos de infinita cantidad de lugares (y/ discursos). Game of Thrones se ha favorecido como ningún otro producto cultural de esto. Explicaciones, supuestos, deseos y proyecciones de la fanaticada se han entremezclado con manipulaciones de mercadeo, hasta no saber qué influye a qué. Y las redes sociales son la marca de los tiempos, cada quien dice como si fuera el único que dice… algo así como muchas afiladas espadas intentando desaforadamente sobresalir en un trono de innumerables espadas… la más afilada es la que más corta, lógicamente, no necesariamente la que más brilla.

Y todo esto por qué sucede. No basta que los tiempos sean propicios al exhibicionismo, y aunque en muchos casos los aullidos se muestren como razones, generalmente estos no pasan de ser pirotecnia que más temprano que tarde fenece. Queremos decir, si el producto no es suficientemente consistente, muy poco podrán hacer las luces de las candilejas, menos aún si esas luces son movidas más por el deseo infantil de mostrarse que el de propiamente iluminar. Por fortuna Game of Thrones mostró, cinematográficamente hablando, una muy sólida calidad que le ha permitido trascender a la dinámica un tanto perturbada de su existencia como producto cultural. Inspirada originalmente en los textos del muy exitoso escritor George Martin (la serie de novelas Canción de Hielo y Fuego), contó ya de inicio con un valioso respaldo: No solo la calidad de los texto de Martin, el muy complejo y fantástico universo que narran y que sería marca indeleble de Game of Thrones, sino además con un “ejercito” de solidarios seguidores que se ganaron inmediatamente para la Serie, cosa que hasta donde recordamos no había ocurrido, por lo menos en la misma dimensión, anteriormente con otra serie. Esto paralelamente generó una doble situación: Por una parte creció el interés por la obra de este escritor, y por otra los lectores de Martin se hicieron fieros y acuciosos cuidadores de los textos, olvidando con más frecuencia de la cuenta que una cosa es el discurso literario y otra, considerablemente diferente, el discurso cinematográfico. Esto último en muchos casos perturbó considerablemente el visionado de la Serie, sobre todo en las dos últimas temporadas (las más importantes, por ser el cierre de la misma), en las que el guión –que sí la guía- no era los textos de Martin, los cuales como se sabe ya no existían. Qué sucedió entonces, que los fanáticos de los textos de Martin siguieron escribiendo en sus mentes lo que aún no había escrito su guía espiritual, y lógicamente asumieron como una violación “otro” desarrollo-desenlace de la trama. Ha sido tan grande el despecho que se ha llegado al extremo de recoger firmas para que se rehaga la octava temporada; tanta inmadurez junta raya en la malcriadez. Ese es el problema con los puritanos, que no aceptan la multiplicidad de lecturas (cosa que desde la primera escena del primer episodio venían haciendo David Benioff y Daniel Weiss, los creadores de la saga televisiva) y que terminan siendo unos tiranos, como Dahenerys. Igual querían crucificar a Kazantzakis cuando bajó de la cruz a Jesús.

Pero si alguna virtud tuvo Game of Thrones, esa fue precisamente la coherencia; claro, la producción fue uno de sus mayores brillos. Una enorme cantidad de sagas-tramas que podían resultar caóticas pero que fueron posicionándose en perfecto diálogo entre ellas, y un respaldo intelectual especialmente sólido pero elegantemente (¿pícaramente?) velado, que se manifestó en el conocimiento del mundo y el espíritu medieval, en el tratamiento literario del asunto político y el poder (Wlliam Shakespeare adelante), y en el tratamiento literario de lo fantástico (J.L. Borges adelante). Cómo hacer dialogar sin forzar tanta cantidad de elementos fue un enorme acierto (inteligencia y experiencia) de los productores-guionistas y de la inspiración de Martin. Intentemos un listado: El Poder (ambiciones y trampas); el destino; las Religiones (la de los Siete, los Antiguos y Nuevos Dioses, el Dios Ahogado, el Dios de Muchos Rostros, R´hollor, el Dios de la Luz); la geografía (los Continentes señalados: Poniente, Essos); los Salvajes como Hombres Libres; la Muerte personificada en el Rey de la Noche y “Los Otros” –los monstruos- en los Caminantes Blancos; El Invierno, el frío, la noche, la oscuridad; Los Niños del Bosque y la Naturaleza; la bastardía y los rechazados (enanos, torpes, etc.); los Reinos, las Casas, los linajes, la familia; el incesto, la homosexualidad, los libertinajes varios; el extranjero como diferente; el honor, el deber, la lealtad, la traición; la memoria, los recuerdos, las historias; el asunto bélico y las estrategias; la magia, la brujería, la mitología; el amor y la maternidad. Lograr entre tantísimos elementos un discurso coherente que no desafinara sin duda fue el principal acierto, y atractivo, de Game of Thrones, pero también una exigencia de madurez en los espectadores de la Serie.

Antes de comenzar la octava y última temporada escribimos para Aerolínea Creativa (a quien nos hemos permitido llamar nuestra Hermandad con Estandarte) cuatro textos que pueden servir de introducción y a la vez epílogo de este que ahora presentamos; humildemente remitimos a su lectura para completar lo que aquí hemos pretendido decir. Tenemos que confesar que, no solo no queremos un final diferente al que se nos mostró, tampoco queremos que se nos diga qué pasó con el cadáver de Dahenerys, ni con Drogo, ni con el reinado del Cuervo de los Tres Ojos, ni con la sociedad que en el Norte seguirá construyendo Jon Snow; lo único que pedimos es que se nos permita acompañar a Arya Star en su viaje a tierras ignotas del oeste del oeste. Valar Dohaeris.

 

Pancho Crespo Quintero

 

Esta entrada tiene un comentario

  1. Estupenda lectura que nos recuerda los elementos a partir de los cuales se estructura esta «voluminosa serie» y por qué se convirtió en un fenómeno televisivo. Muchas gracias Pancho Crespo y «Aerolínea Creativa» por permitir abrir nuestro propio visionado acerca de «Game of Thrones».

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