El Trono de Hierro… el fin.

El Trono de Hierro… el fin.

Siempre algo sagrado ha habido en el hierro, bien porque del cielo en los meteoritos llegara, bien porque de las entrañas de la tierra fuera extraído, y representa por igual el triunfo de la civilización (gracias a las “ciencias” de la metalurgia, y porque de antiguo el hierro ha estado asociado a la agricultura, como protector de las cosechas ante los malos espíritus), bien como lo diabólico de la guerra (que seguramente no se refiere a acciones muy civilizadas que digamos, pero de ella viene). En el Trono se sintetizan los reinos, se unifican y se estabilizan; el trono es para un Rey o para un Dios, y en su ausencia los simboliza. El Trono de Hierro sintetizaba los Siete Reinos de Poniente, formado por el símbolo preeminente de la guerra, las espadas de hierro de los lores que fueron vencidos por Aegón, el primero de la dinastía Targaryen, fundida por el fuego de su dragón. Hierro, mineral asociado a Marte, Dios y Rey de la guerra. Trono de hierro producto de la guerra, generador de guerras, creado por una victoria… y destruido por otra “victoria”. Trono, asiento de reyes y dioses; Daenerys se sabe reina y probablemente se cree diosa, y cómo no si ha renacido del fuego y ha vencido por el fuego, y el fuego es el elemento más cercano a lo divino. El fuego purifica e incendia… de él se renace y en él se termina. Un dragón con sus llamas crea el trono, otro dragón con sus llamas lo derrite; llamas de muerte las primeras, llamas de dolor las segundas. Con la creación del Trono de Hierro se inicia un ciclo vital, con su destrucción termina ese ciclo y ha de comenzar uno nuevo. Una rueda se detiene, una nueva rueda comienza su andar.

Tyrion camina entre las ruinas pasmado ante la destrucción… Solo cuerpos calcinados y una pertinaz lluvia de cenizas. La campana que anunció la rendición es un escombro más, es la triste demostración de que no hubo ningún tipo de misericordia para con los derrotados. Las calles de Desembarco del Rey que seguramente muchas veces recorrió borracho y libidinoso, ahora son un cementerio laberintico, nada de pié queda en ellas, nada vivo queda en ellas, tan solo su asombro, su dolor, y un hombre semi desnudo y quemado que pasa absorto, caminando hacia la nada. Las cortas piernas de Tyrion lo van llevando hasta donde sabe que están los suyos, y literalmente los descubre debajo de cientos de ladrillos de lo que antes fue la Fortaleza Roja. Cercei y Jaime, sus hermanos, los amantes hermanos abrazados para siempre. Entonces el diablillo llora todo su dolor, rabioso y derrotado llora todas sus culpas. Él, el último de los Lannister, el que ahorcó a su amante, mató a su padre con una ballesta y fracasó como Mano de la reina que terminó destruyendo Desembarco, calcinando a miles de inocentes, tapiando a sus hermanos… ahora es parte del paisaje ruinoso y desolado.

Se abren unas grandes puertas y de entre la oscuridad aparece Daenerys. Ella en el centro, detrás su dragón que abre las grandes alas de murciélago. La Madre de los Dragones parece un ángel exterminador, un ángel del infierno… el triunfo de la tormenta. Exultante pero severa, empujada por y a la vez conteniendo la bestia que dentro de ella hay, habla a sus ejércitos: Llegamos a donde hemos llegado porque así tenía que ser, porque era lo que estaba escrito, porque es para lo que fuimos hechos; éste es nuestro destino y el destino es inevitable, nadie puede cambiarlo ni arrebatárnoslo. Poco le falta para decir: Yo no soy yo, yo soy ustedes, ustedes los que han sido esclavos; nadie mejor que ustedes para liberar a todos los esclavos del mundo, porque ustedes “han sufrido suficiente bajo la rueda ¿Romperán la rueda conmigo?” Daenerys no quiere detener la rueda (los poderosos que abusan de los desposeídos), ella quiere destruirla, se lo ha dicho a Tyrion la primera vez que hablaron (paradójicamente Tyrion es un Lannister, algo así como la rueda misma). Ella sigue la tradición de los conquistadores (como Aegón), y como Alejandro Magno no desenreda el nudo Gordiano, sino que “resuelve” tajantemente y sin contemplaciónes el problema, con las cimitarras de los Dortraquis, las lanzas de los Inmaculados, el fuego de su hijo-dragón. Daenerys es el ángel vengador que para salvar al mundo tiene que destruirlo primero.

Quizá no deba romperse lo que se puede desatar. Cortar el nudo, como Alejandro, no tiene regreso. Los cuerpos calcinados, las ciudades en ruina… y la locura, tampoco. De todo eso trata Tyrion de convencer a Jon, el héroe atormentado, una especie de santo al que le ha tocado vivir en el infierno, agobiado por el deber. Cuando se despidió de Eddard Stark (su padre-tío) para ir por primera vez a la Muralla, éste le dijo: No tendrás mi apellido, pero llevas mi sangre. El deber hiso perder la cabeza al patriarca Stark, el deber enreda las cabezas de los descendientes. Tyrion alerta a Jon, refiriéndose a la Rompedora de Cadenas, le dice: “Seguirá liberando hasta que todas las personas del mundo sean libres… y ella las gobierne a todas”. Tyrion, sabiendo que Jon ama a Daenerys le insiste en que el deber tiene que estar por encima del amor, que el mundo necesita la misericordia que ella no es capaz de dar, y que, siendo él (Jon) “el escudo que protege el reino de los hombres”, lo único que le toca hacer es hacer lo correcto.

Daenerys ha perdido la capacidad para deslindar lo objetivo de lo subjetivo. Confunde lo bueno (subjetivo) con lo correcto (objetivo), y sin ninguna objeción a sí misma impone lo que ella considera bueno. Jon le dirá: “Qué pasa con todas las personas (lo dice Jon Snow, precisamente el personaje con mayor capacidad para valorar a “los otros”) que –también- creen saber lo que es bueno”. Daenerys firma su sentencia, responde: “No les toca elegir”; es decir, quien decide lo que es bueno o no, soy ella. Jon separa su yo subjetivo del nosotros objetivo y se despide de ella: “Tú eres mi reina, y lo serás por siempre”, y deja que el deber sea la muerte del amor, matándola (y suicidándose… destinado a quedar sin tierras, sin mujer, sin hijos), enterrándole una daga en el pecho como lo hacen los amantes trágicos. Entonces se presenta la más fabulosa escena del episodio, aparece Drogon, que sin duda también ha sentido la daga, trata de “despertar” a su madre yacente y, confirmando su muerte comienza a llenarse de odio (odio de dragón no puede sino ser odio infernal) pero también de impotencia ante el asesino, otro Targaryen como él mismo, y vomita su fuego contra el Trono de Hierro… sin duda el causante de la tragedia… de todas las tragedias. Tomará el cadáver de su madre y se irá con ella, doliente y majestuoso, para siempre.

Ya no hay Rey, ya no hay Trono, ya no hay descendencia para ocuparlo (Jon Snow-Aegon Targaryen no puede porque aun habiendo hecho lo correcto, ha asesinado a la reina) ¿Se tranca la rueda? ¿Se tranca el juego? Tyrion, con el estímulo mediador de Ser Davos, y la un tanto exagerada y risible ingenuidad de Samwell, expone lo que cree debe hacerse. Toca buscar aquello que sea lo más valioso para juntar a los hombres, aquello que los hace coincidir, acordar, y ese tesoro, la argamasa que une a los hombres está en las historias compartidas (las buenas y las malas), las cosas vividas en común. El lugar de las historias es la memoria, y el guardián de la memoria es Brandon Stark, el Cuervo de los Tres Ojos, el clarividente, el que está presente en todo; Brand el Roto, quien sin poder caminar puede volar. Por escogencia todos los lores lo aceptan como Rey, lo eligen como Rey de los Seis Reinos (el Norte se mantendrá independiente… como los hombres libres), y más que ninguno otro antes, Rey de los Primerísimos Hombres, los Niños del Bosque. Pudiéramos decir, Brandon es por naturaleza el Rey. Brandon no ocupará un Trono rígido e inmóvil… aunque pudiera haber sido el rey desde siempre, el rey por naturaleza. Desde ahora los gobernantes no lo serán por la sangre (la de familia y la derramada), no lo serán por nacimiento sino por elección. A lo mejor los nuevos gobiernos actúen de manera parecida a los antiguos reinados (a manera de ejemplo, el un tanto superficial “consejo de ministros” del Gabinete de Brandon); lo que es un hecho es que la rueda se ha roto con la escogencia del gobernante.

La mano de Jon toma Garra. La mano de Arya toma Aguja. Una manos abotonan el impecable traje de Sansa. Jon llega al Castillo Negro donde Tormund y Ghost lo esperan, y conduce a los Salvajes a las libertades absolutas del bosque y la nieve, él vuelve a ser Jon Nieve, el hombre libre… liberado. Sansa pasea hermosa y orgullosa (en ella es lo mismo) por entre sus venerantes y agradecidos súbditos. Arya camina entre hombres rudos (no tanto como ella, pero mucho más “dama” que Yara Greyjoy) y mira al infinito horizonte, al Oeste del Oeste, a la aventura que es su Norte; ella es la más hermana de Jon y ambos son errantes, libres, descubridores… estamos seguros que a Arya la acompañará El Perro.

Todo el ciclo se cierra, todo este largo viaje termina. Disculpen, nos equivocamos… Brienne, absolutamente bondadosa, cual pulcro caballero, seguirá escribiendo la historia.

 

Pancho Crespo Quintero.

Deja un comentario

Cerrar menú