Exodo…o El Último de los Stark

Exodo…o El Último de los Stark

Después de vencida la muerte, el episodio que nos ocupa comienza con un lento recorrido desde los pies a la cabeza de un cuerpo yacente, el cuerpo muerto de Joras Mormont que se hace uno con la tristeza de Daheneris de la Tormenta. Luego el cuerpo muerto de Theón Greyjoy que se hace uno con la tristeza de Lady Sansa Stark, quien pone en el pecho de Theón un prendedor de cabeza de lobo, símbolo de la Casa Stark, quizá para recordarnos las palabras que le dijo Brandon: “todo te trajo a donde estas ahora, a donde perteneces, tu hogar…”… en el que se quedará por siempre. Luego el cuerpo muerto de Beric Dondarrion, que se confunde con el sincero respeto de Ayra (para todos nosotros La Asesina de la Muerte; el Perro Clegane la trata un tanto más elegantemente, la llama “maldita perra”), por quien antes ella lo que sentía era desprecio. Luego el cuerpo muerto de Lord Comandante Eddison Tollet que se confunde con el agradecimiento de su hermano cuervo Samwell Tarly. Luego el cuerpo muerto de Lady Lyanna Mormont, Señora de la Isla del Oso, gigante matadora de gigantes, que se confunde con la inmensa tristeza de todos y cada uno de nosotros. Luego vendrá el ritual de incinerar a los guerreros, cada uno a los suyos: Dahenerys a los Dorthrakys, Gusano Gris a los Inmaculados, Tormund a la Hombres Libres, los Stark a los del Norte, y así toda la inmensa cantidad de piras que arderán cubriendo el cielo de cenizas y humo de guerreros, como antes lo había cubierto las tinieblas de la muerte. –Pelearon juntos y murieron juntos- dice Jon (antes lo había avizorado Tormund… dos hombres libres). Y luego vendrá la justa celebración por el triunfo, al principio marcada por el inevitable luto por los amigos definitivamente vencidos, después enfiestada por el vino y la lógica alegría de la vida triunfante; entonces ciertos excesos e imprudencias, picardías y seducciones, silencios y sonrisas forzadas, miradas de envidia, pena, desconfianza o recriminación, encuentros y desencuentros… en algunos casos preencuentros, bastedades del muy basto Tormund y gruñidos del malas pulgas Clegane ante la peligrosamente dulce Sansa. Y luego las habitaciones, la torpe y ansiosa batalla entre los caballeros Tarh y Lanister, única en su tipo en la historia de las justas medievales, con maravillosos descubrimientos y tristes consecuencias para la dama que no Lady; y la difícil batalla, una danza en el filo de la espada, una confrontación de egos desnivelados donde el amor no lo puede todo entre la incendiaria tía Targaryen y el congelado sobrino Targaryen. Así se va la última noche para darle paso a los últimos días.

Lo que venía ocupándonos casi exclusivamente desde mediados de la temporada pasada hasta mediados de la presente (y anunciándose con diferentes grados de intensidad desde el mismo primer episodio de la Serie), a saber, el enfrentamiento entre la oscuridad y la luz, la noche y el día, la vida y la muerte en sus condiciones esenciales, ha concluido y nos quedan tres episodios (ya, realmente dos) para retomar y resolver, si es que eso se puede, lo que ha sido la columna vertebral de toda la serie: El problema del poder, la lucha por el poder, el trono –de hierro- en juego, conflagración en la que casi nadie es buen@ y casi tod@s son mal@s (perdonen la simplicidad de la dicotomía, sobre todo para referirnos a asuntos de poder y política; lo hacemos teniendo como referencia la dicotomía señalada anteriormente y el dibujo conductual de los personajes de la Serie). El errático Jon Snow (ser bueno no significa ser asertivo) tiempo atrás había dicho –Solo hay una guerra que importa… la gran guerra– palabras ciertas en boca de un héroe para quien lo verdaderamente importante es la vida, pero una vez vencido el Rey de la Noche continúa la guerra, la que verdaderamente importa al resto de los vulgares mortales, la guerra por el poder.

Episodio político por excelencia en el que todo da vueltas en torno a la figura del líder y del gobernante (que como bien sabemos no siempre van juntas). Si bien durante toda la Serie son los hombres los que se han cortado la cabeza y sacado las tripas por hacerse amos y señores de Poniente, repitiendo lo que casi es un arquetipo, aquello de que regir es un asunto de varones, de que poder es sinónimo de fuerza y la fuerza es un asunto biológico que favorece a los hombres… machos (en GOT los homosexuales que han competido por el poder muestran su hombría en las batallas… pasando la hoja, Brienne es masculina, hasta que el amor la debilita, Arya se muestra como un “varoncito”, Cercei y Sansa se visten con evidente rigidez, y elegancia que no es contradictorio). En el 7×7 Jaime le dice a Bronn (…de Aguasnegras) –quizá todo se trate de vergas– (que quizá en ese momento se refería a las pasiones más que a la masculinidad, pero ¿hay algo que apasione más a los hombres que el poder?), y en este 8×4 el asunto de “las vergas” parece ser decisorio para la aceptación de un gobernante, por lo menos es lo que está presente en la muy esclarecedora conversación entre Tyrión y Varys: “las vergas son importantes”, concluyen, y aunque parezca una idea groseramente superficial, definitivamente no lo es, entre otras cosas porque como dice Varys, vale que el que se siente en el Trono de Hierro sea hombre porque eso hace que lo acepten los lores del Norte. Y toda esta discusión porque quienes se pelean el mango del sartén son dos mujeres. Dos mujeres mostrando sus fuerzas masculinas, con claras diferencias femeninas entre ellas.

Los planes de Dahenerys están perturbados por su convencimiento de ser ella la predestinada para ocupar el Trono de Hierro. La idea de: “Esto es mío porque sí”, genera prepotencias que nublan el entendimiento, por lo que se comete descuidos y los descuidos conducen a errores, y los errores conducen a desesperaciones y las desesperaciones a pérdidas. Para Dahenerys, ella es el Mesías (que ha sufrido expatriación, persecución y, como si fuera poco, viene de un desierto), liberadora del pueblo, “rompedora de cadenas” (pero a la vez esclava de esa idea), le es imposible concebir las cosas de otra manera. Dice que su destino es librar al mundo de tiranos, pero existe el riesgo de que extermine una población como el peor de los tiranos. Ni el amor por Jon puede con su convencimiento de que la profecía debe cumplirse en ella; ella le exige –no le digas a nadie– que tú eres Aegon Targaryen, el verdadero Rey; esa verdad no importa. Pareciera que escucha las palabras que Aemon Targayen (Maestre del Castillo Negro) le dijera a Samwell: El amor es la muerte del deber. Aunque lo que priva en Dahenerys es el derecho (tener derecho a…) como obsesión (decimos obsesión porque ella sabe que el derecho no la asiste), por creerse Mesías está del todo convencida de que también es su deber serlo. Esa obsesión, que como ya dijimos le nubla el entendimiento, no le permite darse cuenta que está, por el momento, en minusvalía de fuerzas para enfrentar a Cersei. Esa obsesión la perturba en tal medida que empieza abrir las puertas a la locura… que parece trae en la sangre.

Cersei, infinitamente más astuta que Daheneris (característica de la Casa Lanister), tiene la ventaja de creerse dueña del Trono no porque le pertenezca por sangre, sino porque se lo ha ganado con sangre, la sangre de los otros que no le importa absolutamente para nada derramar. Cersei es despiadada, lo que la consolida como tirano, más a la larga es una desventaja para un gobernante; habrá dicho en algún momento “no me interesa entender las diferencias, no me interesa un mundo mejor”, ella sabe perfectamente que el fin justifica los medios, sabe que las lágrimas no son la única arma de una mujer, la mejor está entre las piernas, donde tiene prisionero a Eurón Greyjoy; prefiere que le teman a que le respeten; permite que el pueblo de Desembarco del Rey se refugie tras las murallas, pero para usarlo como escudo, despiadada y despreciativa. Y dice (lo dijo en un anterior episodio), las serpientes enojadas atacan, eso hace más fácil aplastar sus cabezas, por ello no ordena que a Tyrión lo conviertan en un alfiletero de flechas, y si ordena, con gozo sádico, que le corten la cabeza a Missandei. No disfruta ver la cabeza cayendo desde lo alto de la muralla, disfruta ver la cabeza de Dahenerys perturbándose por la rabia, incendiando esa cabeza para que sea más evidente y así poder aplastarla más fácilmente.

De todas maneras el héroe viene en camino… y también la encantadora pareja de perros asesinos.

 

Pancho Crespo Quintero.

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