Por qué nos gusta tanto Game of Thrones (II)

Por qué nos gusta tanto Game of Thrones (II)

Los caballos, las carretas, los barcos, también el vuelo de los cuervos y dragones, todos expresiones de desplazamiento en espacios determinados, y también los enormes y múltiples paisajes… y los nombres que lugarisan, por supuesto. Cada capítulo se abre con el mismo mapa-plano que parece autoconstruirse, con letras y máquinas que nos colocan en un lugar y un tiempo, en un mundo simbólico intencionalmente delimitado, concreto, preciso; pero a pesar de su evidencia y materialidad esos lugares no existieron, paradójicamente llegamos a conocerlos perfectamente pero a la vez sabemos que no existieron; para nuestro presente sí existen pero no en el tiempo que se nos cuentan. Es otra parte de la certeza postmoderna de la que hablamos anteriormente y que tantos nervios dijimos nos produce… como la montaña rusa que nos hace sentir vivos mientras nos está matando.

La Edad Media… sí pero no: En Game of Throne la Edad Media es otra certeza postmoderna… sí pero no. Por qué no, porque aunque con muchas y distintas maneras insiste explícitamente en recordárnosla (con mucha mayor intencionalidad y cuido que El Señor de los Anillos, o Las Crónicas de Narnia, quizá los dos ejemplos más cercanos), definitivamente no es la Edad Media que históricamente conocemos, esa que se dio en Occidente, Europa central para delimitar aún más (aunque como todos saben también la hubo en Oriente, y GOT coquetea con algunas marcas culturales de Asia: La fabulosa ciudad oriental de     Qarth, por ejemplo, que bien parece sacada de un cuento de Las mil y una noche, o más hacia el del Este, Essos por ejemplo, que es el más grande de los cuatro continentes que aparecen en Canción de Hielo y Fuego, o el Feudo Franco de Valyria, de donde son originarios los Targaryen, o los Dothraki, que bastante parecidos a los Hunos los muestran, quizá para insistir en aquella idea de que los terrores vienen del Este) desde más o menos finales del S.IV hasta finales del S.XV. Si nos pusiéramos muy exigentes, podríamos hasta decir que GOT se desarrolla propiamente en el S. XV (digo esto orientado por las sabias enseñanzas de Johan Huizinga).

Aunque se haga la precisión de los mapas –parece que Poniente se asemeja bastante a Gran Bretaña-, aunque varias significativas situaciones que se han dado a lo largo de la serie recuerden hechos concretos ocurridos en algún preciso momento entre los siglos señalados y algún preciso lugar de la Europa central (no caeré en la tentación de enumerarlas), entre otras virtudes por el tratamiento estético hiperrealista, de veracidad en los hechos y verosimilitud en las acciones, todo no pasa de ser la multiplicidad de lecturas que propicia el laberinto simbólico de la Edad Media.

Con la Edad Media nos encantamos de una manera parecida a como nos ilusionamos con el futuro (encantar e ilusionar obviamente no es lo mismo, aunque pudieran parecerse). El futuro lo imaginamos y vemos que en él hay cosas que en el presente parecen magia. Sabemos comprobadamente lo que pasó en la Edad media, por eso sabemos que ahí lo desconocido formaba parte del conocimiento (las bibliotecas de los monasterios ocultaban todo el conocimiento de lo desconocido, como las de la Ciudadela, que no es un monasterio pero mucho se le parece, y los Maestres, que no son propiamente monjes pero mucho se les parecen). Para el cine y la televisión la Edad Media y el futuro son los tiempos de la magia como mundo paralelo, en el primero, y de la materialización de la magia, en el segundo. Pero el futuro se presenta como un mundo muy poco humano, un mundo robotizado, al contrario de la Edad Media que, a pesar de la religión (y en parte por ella misma) se presenta como demasiada humana, porque está repleta de dudas y misterios, y de las pasiones que la religión persigue y con ello incentiva ¿Acaso dudas, misterios y pasiones no son las principales narrativas de GOT? A pesar de que en el futuro “los androides sueñan con ovejas eléctricas”, no hay fantasía en él; al contrario en la Edad Media la fantasía construye la vida cotidiana, la fantasía y la épica hermanadas, de ahí que a GOT reiteradamente se le catalogue como “épica fantástica”.

Creo que épica fantástica también pudiera ser en sí misma una verdad contradictoria, otra atractiva certeza repleta de dudas. Lo épico es lo relativo a los hechos de los héroes, sus virtudes, logros y padeceres, esa es la parte formal, objetiva del ser humano concreto catalogado como héroe. Aunque el primero y más grande viene de la cultura clásica (Hércules), es la Edad Media el tiempo por excelencia de los héroes (por el romanticismo –aunque el romanticismo aún está muy lejos- que esa época les implica) que gracias a la cristiandad se hacen caballeros, “bajo la advocación de los santos guerreros, como san Jorge y san Miguel arcángel” (Cirlot. Diccionario de Símbolos). En GOT “sobran” estos personajes, pero en la figura contraria de anti-héroes (aunque juren lealtad por los Dioses, los Antiguos y los Nuevos) que como tal están muy lejos de esa figura (institución) tan sumamente compleja en la Edad Media como son los Caballeros (simpre hombres, en GOT un personaje que pudiera estar cerca de la figura medieval del caballero es Brienne de Tarth, pero es mujer). Quizá el que más se acerca a ese prototipo sea Jon Snow… seguro lo veremos cabalgar un dragón, domándolo como un arcángel cristiano, aunque jure por los Antiguos Dioses.

Los encuentros entre GOT y los hechos históricos de la Edad Media los dejamos para las búsquedas en Internet. Como ya lo dijimos, más nos interesan los encantos de la fantasía, las pasiones, los símbolos… lo intangible que respiramos. Eso en nuestra próxima entrega.

 

PANCHO CRESPO QUINTERO.

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